Cuando quienes cuidan también necesitan cuidados
El bienestar de los equipos de Calidad de Vida Laboral y salud mental en el contexto de la salud pública.
Francisco Espinoza
No me voy a olvidar de ese día. Era una jornada de capacitación para los equipos de Calidad de Vida Laboral de distintos hospitales. Estábamos todas y todos reunidos -jefaturas, profesionales, encargados del bienestar de los funcionarios- compartiendo experiencias, hablando de los desafíos que enfrentamos, de lo que nos resulta, de lo que no. Había risas, ideas, desahogos y esa sensación rara de sentirse acompañado en un trabajo que, muchas veces, hacemos en soledad.
Terminamos ese primer día contentos, cansados, pero motivados. Habíamos hablado sobre el autocuidado, la salud mental, las estrategias para contener a los equipos, los conflictos que desgastan, y cómo seguir empujando procesos de mejora dentro de instituciones que a veces se sienten inmensas y frías. Nos fuimos a dormir con la sensación de estar haciendo algo importante.
A la mañana siguiente, antes de retomar la jornada, nos pidieron guardar un minuto de silencio. Una colega se había suicidado la noche anterior.
Fue como si el suelo se abriera.
El silencio no fue sólo por respeto. Fue un silencio lleno de angustia, de culpa, de shock. Yo pensaba: ¿cómo? ¿Cómo una persona que se dedicaba precisamente a cuidar a otros termina sin poder sostenerse a sí misma? ¿Cómo no lo vimos venir? ¿Cómo llegamos hasta aquí?
Desde ese día, algo me hace ruido, me incomoda, me duele. Porque si no hablamos de esto, si no ponemos el foco en quienes cuidan, en quienes sostienen el bienestar de otros, vamos a seguir perdiendo personas valiosas. Y no hablo solo de perderlas físicamente. Hablo de ese desgaste silencioso, de esa pérdida de sentido, de esas renuncias internas que no se ven.
EL TRABAJO EMOCIONAL Y EL DESGASTE DE QUIENES CUIDAN
La psicóloga Arlie Hochschild (1983) introdujo el concepto de trabajo emocional para describir aquellas labores que requieren manejar y regular las emociones propias para influir en las de otros. En el caso de los equipos de salud, y en particular los equipos de bienestar, este trabajo emocional no solo es constante, sino a menudo invisibilizado.
Estos equipos están presentes en crisis institucionales, conflictos interpersonales, denuncias por acoso, procesos de duelo, burnout masivo, suicidios o enfermedades mentales graves. Su trabajo es contener, acompañar, mediar, intervenir. Muchas veces sin recursos suficientes, sin reconocimiento simbólico o institucional, y bajo una expectativa no dicha de estar siempre disponibles y emocionalmente estables.
Como advierte Christophe Dejours, psiquiatra y especialista en psicodinámica del trabajo, «el sufrimiento en el trabajo no es un residuo individual, sino una producción social que debe ser analizada y reconocida». La desprotección de quienes cuidan no es una falla personal, es una falla estructural.
EL CUIDADOR AGOTADO: UNA FIGURA COMÚN, SILENCIOSA Y PELIGROSA
Los equipos de Calidad de Vida Laboral son vistos muchas veces como “la respuesta” a los problemas de clima, conflicto, violencia o salud mental en las instituciones. Sin embargo, pocas veces se reconoce que esos mismos equipos carecen de condiciones protegidas para su propio bienestar.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2022) ha subrayado que los trabajadores encargados de la salud mental y del bienestar laboral presentan tasas de desgaste profesional más altas que el promedio, precisamente por estar expuestos continuamente al sufrimiento ajeno, con escasa posibilidad de procesarlo institucionalmente.
Esto se conoce como fatiga por compasión o desgaste empático (Figley, 1995). Es un síndrome que afecta a quienes, por empatía, se ven expuestos a una sobrecarga emocional constante, llegando al agotamiento, insensibilización o incluso a trastornos ansiosos y depresivos severos. En este contexto, el suicidio no puede ser leído solo como un hecho trágico aislado, sino como una manifestación extrema de una cadena de abandono institucional.
LO ESTRUCTURAL NO SE SOLUCIONA CON PAUSAS ACTIVAS
En muchas instituciones se confunde el bienestar con la implementación de talleres recreativos o cápsulas de autocuidado. Si bien estas estrategias pueden contribuir en ciertos niveles, no resuelven las causas estructurales del sufrimiento laboral. Una pausa activa no reemplaza la necesidad de contención clínica, de supervisión profesional, de límites laborales claros ni de reconocimiento real.
Como señala Paula Ascorra, psicóloga laboral chilena, “el bienestar no es una prestación, es una responsabilidad institucional. Requiere diagnóstico, planificación, sostenibilidad y compromiso ético”. Y ese compromiso debe partir por reconocer que los equipos de cuidado no son eternamente resilientes. Necesitan ser protegidos de la sobrecarga, del aislamiento y de la exigencia de estar siempre bien para otros.
¿QUIÉN CUIDA A QUIENES CUIDAN?
La pregunta es incómoda, pero urgente. Si seguimos depositando toda la responsabilidad del cuidado organizacional en equipos sin respaldo, terminaremos erosionando el corazón mismo del bienestar institucional.
El caso de nuestra colega —y muchos otros que probablemente nunca saldrán a la luz pública— nos exige pensar en políticas concretas:
- Supervisión clínica periódica para equipos de salud mental y calidad de vida.
- Protocolos de cuidado psicoemocional interno.
- Jornadas de descarga emocional con acompañamiento externo.
- Tiempos protegidos para autocuidado real.
- Límites explícitos a la disponibilidad emocional.
- Reconocimiento simbólico y material de su labor.
Como bien apunta el teórico argentino Alfredo Grande: “cuidar no es sólo una técnica, es una ética. Y ninguna ética es sostenible si se basa en el sacrificio silencioso del cuidador”.
MÁS ALLÁ DEL MINUTO DE SILENCIO
El minuto de silencio que hicimos ese día no puede ser solo una conmemoración simbólica. Debe convertirse en un punto de inflexión institucional. Necesitamos hablar con fuerza de estos temas, sin miedo, sin eufemismos. Basta de asumir que quienes cuidan tienen que ser fuertes todo el tiempo. Basta de normalizar el desgaste como parte del trabajo.
La salud pública no puede sostenerse sobre la base del sacrificio invisible de sus equipos de bienestar. Si ellos caen, cae todo. Cuidar a quienes cuidan no es un privilegio, es una urgencia. Es un imperativo ético. Es un acto de justicia.
Y también, de memoria.
